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¿Por qué panmediterránea?

No hace falta esforzarse mucho para enumerar una serie de países que copan las noticias sobre crisis galopantes y bárbaras guerras fratricidas. Basta con poner cualquier informativo para comprobar que la crisis griega (y en menor medida la del resto de países sureños europeos), las guerras de Iraq, Siria o Libia, el terrorismo en el norte de África, el llamado conflicto árabe-israelí o los naufragios masivos en el Mediterráneo ocupan la mayor parte de la sección de internacional. Esto nos puede llevar a pensar que vivimos inmersos en un desastre regional, que tenemos que aprender de nuestros civilizados vecinos del norte, que llevamos en nuestra sangre el caos y la inoperancia. Pues no, la realidad es bien distinta, de hecho es diametralmente opuesta. Analicemos.

En un mundo tan globalizado como el nuestro, la geopolítica puede reducirse a una serie de intereses relacionados entre sí y que actuan a nivel global. Con un mínimo de perspicacia seremos capaces de saber extrapolar lo regional a lo mundial dentro de cada conflicto, siendo capaces de relacionar conflictos muy lejanos dentro de unos patrones comunes más o menos evidentes. Así podemos decir que el eje capitalismo-sionismo-wahabismo está detrás de todos los conflictos bélicos y socioeconómicos  de nuestra región. Pero para que esto se entienda mejor empezaremos desde el principio, explicando qué es el Mediterráneo y qué significan y suponen estos tres conceptos externos “enemigos”.

No hacen falta unos excesivos conocimientos para darse cuenta de que todo lo bueno que tiene la mal llamada “civilización occidental” ha surgido en el mediterráneo y Próximo Oriente: la civilización propiamente dicha, la escritura, la agricultura y la ganadería, la filosofía, las tres grandes religiones monoteístas (además de otras cuantas religiones), el derecho, la democracia, el parlamentarismo…Desde el Finisterre hasta Persia, desde Persia hasta Abisinia, la grandeza del desarrollo espiritual y material del ser humano ha sido una constante milenaria, erigiendo al Mediterráneo (tomado en un concepto amplio) como faro que iluminaba al mundo. Los pueblos periféricos tomaban religión, modelo social, arquitectura, métodos agrícolas o idioma de nuestras civilizaciones, hasta que esto cambió y comenzó la debacle. Pero…¿qué pasó entonces?

El capitalismo como modelo comercial surgió en los Países Bajos en el Antiguo Régimen y como modelo productivo con la Revolución Industrial británica; después se afianzó como modelo económico en un sentido más global. Pero el capitalismo no es sólo un modelo económico, sino un modelo organizativo de la sociedad y un modelo ético de valores, fraguados en el seno de unas sociedades muy concretas. La implantación global del capitalismo económico trajo consigo la implantación global de su modelo de valores. En este sentido La ética protestante y el espíritu del capitalismo de Max Weber es una interesante lectura que ayuda a entender el génesis de lo que hablamos. El mundo mediterráneo quedó, a partir de entonces, relegado a un segundo plano. Los manera de ver y afrontar el mundo de los creadores de la cultura, la espiritualidad y la filosofía ya no era válida ni para ellos mismos. El capitalismo es un sistema bárbaro creado por los bárbaros (permítaseme el chascarrillo lingüístico) y que se ha implantado fuera de su zona de origen como lo hacen las especies invasoras en los ecosistemas ajenos, arrasando con la diversidad autóctona y destruyendo el ecosistema invadido. Al igual que muchos individuos de algunas tribus de indios americanos se vieron abocados al alcoholismo por la implantación forzosa de un modus vivendi totalmente ajeno a sus esquemas, el mundo mediterráneo nunca ha sabido adaptarse realmente a un sistema que le es ajeno. Nos quieren hacer creer que somos ineficientes, que llevamos la corrupción en los genes, que no tenemos espíritu de superación…los descendientes de aquellos “bárbaros” que se civilizaron “a la mediterránea”. Pero todo esto…¿en qué se traduce a día de hoy? Para explicarlo tomaremos el ejemplo del Mediterráneo europeo. La construcción europea, ese gran monstruo alimentado en nuestros países por el complejo de inferioridad de unas gobiernos sistemáticamente inferiores en todos los aspectos a sus poblaciones, ha dado lugar a una entidad supranacional que sólo sirve para garantizar los intereses del capitalismo internacionalista, acabando con cualquier atisbo de soberanía popular en nuestras sociedades. Los países sureños, atrasados por el desarrollo deficiente de un sistema alóctono importado, sufren las consecuencias del chantaje neocolonialista de los países germinales de este modelo. Por ello es necesario romper con una entidad supranacional que por un lado no representa nuestros modelos de convivencia y desarrollo y por otro nos ahoga e instrumentaliza para su propio beneficio. En su lugar, una organización supranacional y popular mediterránea serviría para recuperar nuestra identidad y valores y para resituarnos como foco espiritual y humano en el mundo. Una organización supranacional mediterránea de intercambio, cooperación y enriquecimiento, no dedicada a usurpar soberanía popular de los países miembros en pos de intereses privados y oscuros. Una organización municipalista y panmediterránea. Esto en lo relativo al capitalismo, vayamos con el sionismo y el wahabismo.

El sionismo es claramente un fenómeno alóctono dentro del Mediterráneo, que emparenta al autodenominado Estado de Israel más con los países anglosajones que con sus vecinos. Los askenazíes filofascistas que dieron forma a la idea de Estado de Israel tenían muy claro que no querían un país levantino o medio oriental. La usurpación de la religiosidad claramente oriental del verdadero judaísmo, antisionista, sólo sirvió como pretexto para la creación de un Estado ultranacionalista y mesiánico (no en el sentido estrictamente religioso de la palabra). La utilización recurrente de la memoria de millones de asimilacionistas exterminados en el Holocausto es un fenómeno parecido de apropiación espúrea por parte del sionismo. Como sucede con el wahabismo, que veremos más adelante, el sionismo se apropia de algo que en realidad le es ajeno, el judaísmo, en un juego de doble vertiente que convierte en víctima al verdugo. A día de hoy, la única solución viable para el conflicto llamado árabe-israelí pasa por un estado único para judíos y palestinos (cristianos y musulmanes), netamente levantino y mediterráneo y netamente descentralizado, municipalista.
El wahabismo, una interpretación espúrea del Islam fomentada en la época colonial por las fuerzas ocupantes, es la tercera fuerza de desestabilización en la zona. Contraria al verdadero Islam, usurpa su nombre con la connivencia de los estados capitalistas occidentales, sus organizaciones supranacionales y el estado sionista. Su capacidad como contrapoder frente a unos países levantinos y norteafricanos fuertes, que serían capaces de plantarse frente a los abusos del capitalismo alóctono internacionalista y el sionismo, lo hace el compañero ideal para completar el “eje del mal mediterráneo”. Cerrando el círculo, alimenta la figura del “enemigo externo” mediante sus células terroristas en países capitalistas occidentales, y ofrece, por razones similares, argumentos de saldo para la ocupación y las escaladas bélicas sionistas. La solución para Oriente Próximo ya la ha enunciado el líder kurdo Abdullah Ocallan, sería la asimilación progresiva del Confederalismo Democrático kurdo por parte de todas las sociedades de Oriente Próximo. Más allá del estatalismo, que debería desaparecer, las entidades territoriales máximas deberían ser países lo más grandes y cohesionados posibles, a su vez integrados en una organización panmediterránea supranacional como la que hemos descrito antes. Países, por supuesto, totalmente descentralizados y organizados mediante el modelo del Confederalismo Democrático.