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Municipalismo e identidad

En los últimos meses el debate identitario copa gran parte del espacio informativo y de opinión de los medios de comunicación españoles.  Prácticamente a diario vemos análisis del tema interesados y simplistas, así como informaciones orientadas a crear una determinada corriente de pensamiento en uno u otro lado. Sería interesante, sin embargo, empezar por plantearse cuál es la naturaleza y el origen del sentimiento nacionalista contemporáneo. Una contextualización histórica del nacimiento de este fenómeno nos ayudará a comprenderlo.

Como todos sabemos, el sufragio universal es relativamente moderno en el seno de las democracias mundiales, habiendo existido en la historia de la democracia contemporánea etapas previas de sufragio restringido. Cuando el derecho a voto se circunscribía a una élite dominante, los centros de poder preestablecidos no se veían amenazados por las fuerzas antagónicas (y mayoritarias en cuanto a número) a estas élites, por lo que la continuidad del statu quo imperante no se veía amenazada. Posteriormente, los censos electorales fueron ampliándose paulatinamente hasta incluir en ellos al conjunto de la ciudadanía, mayormente formada por clase obrera. Debido a la desigualdad numérica entre los obreros y pequeños propietarios agrícolas y los miembros de las  élites dominantes de la época, principalmente burgueses empoderados, la máxima de “un hombre un voto” ponía claramente en peligro la continuidad del sistema de poder previo. Las fuerzas de la burguesía vieron la necesidad de atacar por el flanco más débil al enorme antagonista que empezaba a respirarles en el cogote y amenazaba con desbancarles del poder, y decidieron apelar al miedo y al sentimentalismo, emociones que movían a una masa que se había visto tradicionalmente excluida de la educación y la cultura. Los tres grandes pilares a los que debían aferrarse estos nuevos votantes de clase baja para “protegerse” y “ser grandes” eran Ley, Religión y Patria. Pero analicemos las connotaciones que estos tres términos tenían (y siguen teniendo) en esta época de incipiente sufragio universal.

Empecemos por la Ley, ofrecida como garante de un orden que permitiría salvaguardar los pequeños progresos que los depauperados miembros de las clases bajas podían ir obteniendo con enormes sacrificios y grandes dificultades. La divinización de la propiedad, orquestada para blindar los privilegios de los propietarios burgueses, se utilizaba para hacer ver a los que llegaban a ser pequeños propietarios tras un pasado de trabajo inhumano que la nueva sociedad que propugnaban los partidos burgueses era la garante de su nuevo “paraíso encontrado”.

La religión, desposeída de todo su revestimiento espiritual, fue institucionalizada hasta el paroxismo, haciéndose hincapié en su poder como agente fijador de un moral heterónoma castradora. Se aprovechó la espiritualidad popular del pueblo, usurpándola y transformándola en un rígido código muerto que servía como una segunda legislación, más terrible que la segunda al poder castigar más allá de la muerte. Se aprovechó la identificación de las clases bajas con una espiritualidad determinada para ligarla con un sentimiento de pertenencia a una comunidad religiosa determinada que estaba por encima de las diferencias de clase (al menos eso quisieron dar a entender las élites burguesas).

Pero todo esto no era suficiente para retener el sentimiento de opresión y el ansia de cambio de gran parte de la clase obrera y el pequeño propietario/labrador empobrecido, por lo que se dio forma al tercer gran pilar: el nacionalismo simbólico. Una serie de símbolos abstractos (banderas, himnos, etc.) apelaban al sentimiento de pertenencia a una determinada macrocomunidad transversal con objetivos comunes y que debía de ser defendida de enemigos externos. El sentimiento de pertenencia a la comunidad en la que el pueblo desarrollaba su vida, al terruño donde se había forjado su identidad, sus valores, sus objetivos, sus amores y sus esperanzas, se veía sustituido por el sentimiento de pertenencia a un estado-nación (o a una región con ansias de estado-nación) en la que la burguesía escondía detrás de unos símbolos la garantía de tener atadas a las clases populares mediante el fantasma del enemigo exterior y el sentimentalismo. Curiosamente, estas élites tenían (y tienen) formas de vida similares e intercambiables con las de las élites de cualquier otro país, siendo enemigas de la peculiaridad real de la identidad territorial popular (o utilizándola de manera partidista y oportunista).

Todo esto es aplicable al momento actual. La derecha nacionalista burguesa apela a los símbolos para enfrentar a los ciudadanos de sus territorios mientras destruye modelos empresariales basados en el pequeño comercio tradicional autóctono para favorecer la implantación de sucursales y franquicias de multinacionales; mientras vende la soberanía nacional a organizaciones supranacionales que sirven para afianzar los centros de poder del capitalismo internacionalista; mientras acaba con especies autóctonas de flora y fauna con la sobreexplotación de recursos y los pelotazos urbanísticos; mientras acaba con las humanidades en la educación, que sirven para profundizar en los sentimientos de ligazón espiritual con la comunidad donde uno tiene sus raíces, con la intención de crear trabajadores útiles para las empresas que sean ciudadanos sin capacidades críticas; mientras acaban con lenguas y tradiciones vernáculas a nivel local y asesinan la diversidad en pos de una unificación que exacerbe un sentimiento nacional meramente simbólico. Si a esto le añadimos que el choque entre dos nacionalismos burgueses crea una cortina de humo que sirve para tapar los problemas reales de la ciudadanía, tendremos el caldo de cultivo necesario para situaciones tales como el conflicto hispano-catalán actual.

Pero, habiendo analizado las razones de la derecha nacionalista burguesa en este tipo de conflictos, centrémonos en las razones que esgrimen los partidos autodenominados de izquierda (y por tanto, de carácter popular) a la hora de justificar sus posiciones. En Cataluña hemos visto como Esquerra Republicana se coaligaba con la derecha burguesa de tintes racistas en las últimas elecciones y como la CUP, autodenominada antisistema y anticapitalista, se mostraba colaborativa con estas fuerzas para crear un proceso que lleve…a un estado nación capitalista. Un partido antisistema y anticapitalista cuya máxima aspiración es la consecución de un estado nación tradicional y cuyos componentes enarbolan banderas y cantan himnos como máxima expresión de sus sentimientos identitarios. Y yo me pregunto: ¿Qué pasará cuando Cataluña sea un estado nación nuevo, los hijos de los “cuperos” llamarán fachas a los patriotas, rechazarán los símbolos nacionales y reivindicarán microindependencias? Porque resulta muy políticamente correcto dentro de la izquierda ser un independentista regional, lo que se olvida es que una vez culminado este proceso independentista se formaría un nuevo estado nación en el que volvería a ser “carca” y “facha” ser nacionalista. En España sólo se puede alcanzar a ver cierta congruencia en un independentismo con ciertos cimientos de identidad popular y comunitaria como el de Euskalherría, mientras que el resto de nacionalismos periféricos es heredero de una floja implantación del nacionalismo estatal en un país que quiere imitar a los nórdicos por imperativo gubernamental cuando es, probablemente, el país con un carácter más libertario del mundo. El “hecho diferencial” del nacionalismo catalán podría ser comparable al de la Región Leonesa (por poner como ejemplo la región en la que ha nacido CMP), resulta ridículo el esfuerzo de sus políticos actuales por tergiversar la realidad y llevarlo más allá. El nacionalismo español, mientras tanto, es uno de los más artificiales, ortopédicos y casposos de todo el mundo, siendo también uno de los más profundamente antipatriotas (entendido el patriotismo como sentimiento de pertenencia a una comunidad y ligazón profunda a ella y a su idiosincrasia).

Analizaremos ahora el término autodeterminación. Para la democracia radical y el municipalismo, este término no puede decir otra cosa que la capacidad para tomar todas las decisiones que atañen a nuestras vidas, no una convocatoria puntual y aislada para decidir qué estado nación va a seguir decidiendo por nosotros. Por otro lado, resulta curioso cómo se quiere instar a decidir a una población altamente manipulable (debido a la nula capacidad democrática de pueblos que no tienen ninguna potestad a la hora de decidir sobre sus propias vidas más allá de votar a unos “representantes” cada cuatro años) sobre un tema prácticamente irreversible y de consecuencias profundas y definitivas como la soberanía territorial, mientras que no se la quiere dejar decidir lo más mínimo sobre el futuro de sus vecindades y de las propias vidas de sus ciudadanos como individuos.

¿Qué alternativa ofrece nuestro municipalismo, pues, a todo esto? Ya Abdullah Ocallan ha definido el Confederalismo Democrático kurdo como un sistema encaminado a superar el estado nación mediante el municipalismo, que sirve sin embargo para afianzar y enriquecer las identidades comunitarias. El municipalismo es la verdadera autodeterminación, porque nos permite autodeterminarnos como individuos y comunidad de individuos, mientras que nos permite conocer y preservar nuestra verdadera identidad de una manera real y efectiva. Con el municipalismo el independentismo pierde sentido, ya que los países pasan a ser “proyectos comunes” conformados por una serie de comunidades humanas independientes. Debemos encaminarnos a la sustitución del estado nación por una “macrocomunidad de comunidades”, que para nosotros no tiene por qué ser diferente territorialmente al estado nación actual. El verdadero cambio tiene que llegar en el ámbito de la soberanía y de los centros de poder, no queremos ser gobernados por unos ineptos ajenos a nosotros, más allá de cuáles sean los símbolos con los que quieran apelar a nuestro sentimentalismo para tenernos engañados y subyugados.