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Municipalismo e identidad

En los últimos meses el debate identitario copa gran parte del espacio informativo y de opinión de los medios de comunicación españoles.  Prácticamente a diario vemos análisis del tema interesados y simplistas, así como informaciones orientadas a crear una determinada corriente de pensamiento en uno u otro lado. Sería interesante, sin embargo, empezar por plantearse cuál es la naturaleza y el origen del sentimiento nacionalista contemporáneo. Una contextualización histórica del nacimiento de este fenómeno nos ayudará a comprenderlo.

Como todos sabemos, el sufragio universal es relativamente moderno en el seno de las democracias mundiales, habiendo existido en la historia de la democracia contemporánea etapas previas de sufragio restringido. Cuando el derecho a voto se circunscribía a una élite dominante, los centros de poder preestablecidos no se veían amenazados por las fuerzas antagónicas (y mayoritarias en cuanto a número) a estas élites, por lo que la continuidad del statu quo imperante no se veía amenazada. Posteriormente, los censos electorales fueron ampliándose paulatinamente hasta incluir en ellos al conjunto de la ciudadanía, mayormente formada por clase obrera. Debido a la desigualdad numérica entre los obreros y pequeños propietarios agrícolas y los miembros de las  élites dominantes de la época, principalmente burgueses empoderados, la máxima de “un hombre un voto” ponía claramente en peligro la continuidad del sistema de poder previo. Las fuerzas de la burguesía vieron la necesidad de atacar por el flanco más débil al enorme antagonista que empezaba a respirarles en el cogote y amenazaba con desbancarles del poder, y decidieron apelar al miedo y al sentimentalismo, emociones que movían a una masa que se había visto tradicionalmente excluida de la educación y la cultura. Los tres grandes pilares a los que debían aferrarse estos nuevos votantes de clase baja para “protegerse” y “ser grandes” eran Ley, Religión y Patria. Pero analicemos las connotaciones que estos tres términos tenían (y siguen teniendo) en esta época de incipiente sufragio universal.

Empecemos por la Ley, ofrecida como garante de un orden que permitiría salvaguardar los pequeños progresos que los depauperados miembros de las clases bajas podían ir obteniendo con enormes sacrificios y grandes dificultades. La divinización de la propiedad, orquestada para blindar los privilegios de los propietarios burgueses, se utilizaba para hacer ver a los que llegaban a ser pequeños propietarios tras un pasado de trabajo inhumano que la nueva sociedad que propugnaban los partidos burgueses era la garante de su nuevo “paraíso encontrado”.

La religión, desposeída de todo su revestimiento espiritual, fue institucionalizada hasta el paroxismo, haciéndose hincapié en su poder como agente fijador de un moral heterónoma castradora. Se aprovechó la espiritualidad popular del pueblo, usurpándola y transformándola en un rígido código muerto que servía como una segunda legislación, más terrible que la segunda al poder castigar más allá de la muerte. Se aprovechó la identificación de las clases bajas con una espiritualidad determinada para ligarla con un sentimiento de pertenencia a una comunidad religiosa determinada que estaba por encima de las diferencias de clase (al menos eso quisieron dar a entender las élites burguesas).

Pero todo esto no era suficiente para retener el sentimiento de opresión y el ansia de cambio de gran parte de la clase obrera y el pequeño propietario/labrador empobrecido, por lo que se dio forma al tercer gran pilar: el nacionalismo simbólico. Una serie de símbolos abstractos (banderas, himnos, etc.) apelaban al sentimiento de pertenencia a una determinada macrocomunidad transversal con objetivos comunes y que debía de ser defendida de enemigos externos. El sentimiento de pertenencia a la comunidad en la que el pueblo desarrollaba su vida, al terruño donde se había forjado su identidad, sus valores, sus objetivos, sus amores y sus esperanzas, se veía sustituido por el sentimiento de pertenencia a un estado-nación (o a una región con ansias de estado-nación) en la que la burguesía escondía detrás de unos símbolos la garantía de tener atadas a las clases populares mediante el fantasma del enemigo exterior y el sentimentalismo. Curiosamente, estas élites tenían (y tienen) formas de vida similares e intercambiables con las de las élites de cualquier otro país, siendo enemigas de la peculiaridad real de la identidad territorial popular (o utilizándola de manera partidista y oportunista).

Todo esto es aplicable al momento actual. La derecha nacionalista burguesa apela a los símbolos para enfrentar a los ciudadanos de sus territorios mientras destruye modelos empresariales basados en el pequeño comercio tradicional autóctono para favorecer la implantación de sucursales y franquicias de multinacionales; mientras vende la soberanía nacional a organizaciones supranacionales que sirven para afianzar los centros de poder del capitalismo internacionalista; mientras acaba con especies autóctonas de flora y fauna con la sobreexplotación de recursos y los pelotazos urbanísticos; mientras acaba con las humanidades en la educación, que sirven para profundizar en los sentimientos de ligazón espiritual con la comunidad donde uno tiene sus raíces, con la intención de crear trabajadores útiles para las empresas que sean ciudadanos sin capacidades críticas; mientras acaban con lenguas y tradiciones vernáculas a nivel local y asesinan la diversidad en pos de una unificación que exacerbe un sentimiento nacional meramente simbólico. Si a esto le añadimos que el choque entre dos nacionalismos burgueses crea una cortina de humo que sirve para tapar los problemas reales de la ciudadanía, tendremos el caldo de cultivo necesario para situaciones tales como el conflicto hispano-catalán actual.

Pero, habiendo analizado las razones de la derecha nacionalista burguesa en este tipo de conflictos, centrémonos en las razones que esgrimen los partidos autodenominados de izquierda (y por tanto, de carácter popular) a la hora de justificar sus posiciones. En Cataluña hemos visto como Esquerra Republicana se coaligaba con la derecha burguesa de tintes racistas en las últimas elecciones y como la CUP, autodenominada antisistema y anticapitalista, se mostraba colaborativa con estas fuerzas para crear un proceso que lleve…a un estado nación capitalista. Un partido antisistema y anticapitalista cuya máxima aspiración es la consecución de un estado nación tradicional y cuyos componentes enarbolan banderas y cantan himnos como máxima expresión de sus sentimientos identitarios. Y yo me pregunto: ¿Qué pasará cuando Cataluña sea un estado nación nuevo, los hijos de los “cuperos” llamarán fachas a los patriotas, rechazarán los símbolos nacionales y reivindicarán microindependencias? Porque resulta muy políticamente correcto dentro de la izquierda ser un independentista regional, lo que se olvida es que una vez culminado este proceso independentista se formaría un nuevo estado nación en el que volvería a ser “carca” y “facha” ser nacionalista. En España sólo se puede alcanzar a ver cierta congruencia en un independentismo con ciertos cimientos de identidad popular y comunitaria como el de Euskalherría, mientras que el resto de nacionalismos periféricos es heredero de una floja implantación del nacionalismo estatal en un país que quiere imitar a los nórdicos por imperativo gubernamental cuando es, probablemente, el país con un carácter más libertario del mundo. El “hecho diferencial” del nacionalismo catalán podría ser comparable al de la Región Leonesa (por poner como ejemplo la región en la que ha nacido CMP), resulta ridículo el esfuerzo de sus políticos actuales por tergiversar la realidad y llevarlo más allá. El nacionalismo español, mientras tanto, es uno de los más artificiales, ortopédicos y casposos de todo el mundo, siendo también uno de los más profundamente antipatriotas (entendido el patriotismo como sentimiento de pertenencia a una comunidad y ligazón profunda a ella y a su idiosincrasia).

Analizaremos ahora el término autodeterminación. Para la democracia radical y el municipalismo, este término no puede decir otra cosa que la capacidad para tomar todas las decisiones que atañen a nuestras vidas, no una convocatoria puntual y aislada para decidir qué estado nación va a seguir decidiendo por nosotros. Por otro lado, resulta curioso cómo se quiere instar a decidir a una población altamente manipulable (debido a la nula capacidad democrática de pueblos que no tienen ninguna potestad a la hora de decidir sobre sus propias vidas más allá de votar a unos “representantes” cada cuatro años) sobre un tema prácticamente irreversible y de consecuencias profundas y definitivas como la soberanía territorial, mientras que no se la quiere dejar decidir lo más mínimo sobre el futuro de sus vecindades y de las propias vidas de sus ciudadanos como individuos.

¿Qué alternativa ofrece nuestro municipalismo, pues, a todo esto? Ya Abdullah Ocallan ha definido el Confederalismo Democrático kurdo como un sistema encaminado a superar el estado nación mediante el municipalismo, que sirve sin embargo para afianzar y enriquecer las identidades comunitarias. El municipalismo es la verdadera autodeterminación, porque nos permite autodeterminarnos como individuos y comunidad de individuos, mientras que nos permite conocer y preservar nuestra verdadera identidad de una manera real y efectiva. Con el municipalismo el independentismo pierde sentido, ya que los países pasan a ser “proyectos comunes” conformados por una serie de comunidades humanas independientes. Debemos encaminarnos a la sustitución del estado nación por una “macrocomunidad de comunidades”, que para nosotros no tiene por qué ser diferente territorialmente al estado nación actual. El verdadero cambio tiene que llegar en el ámbito de la soberanía y de los centros de poder, no queremos ser gobernados por unos ineptos ajenos a nosotros, más allá de cuáles sean los símbolos con los que quieran apelar a nuestro sentimentalismo para tenernos engañados y subyugados.

¿Por qué panmediterránea?

No hace falta esforzarse mucho para enumerar una serie de países que copan las noticias sobre crisis galopantes y bárbaras guerras fratricidas. Basta con poner cualquier informativo para comprobar que la crisis griega (y en menor medida la del resto de países sureños europeos), las guerras de Iraq, Siria o Libia, el terrorismo en el norte de África, el llamado conflicto árabe-israelí o los naufragios masivos en el Mediterráneo ocupan la mayor parte de la sección de internacional. Esto nos puede llevar a pensar que vivimos inmersos en un desastre regional, que tenemos que aprender de nuestros civilizados vecinos del norte, que llevamos en nuestra sangre el caos y la inoperancia. Pues no, la realidad es bien distinta, de hecho es diametralmente opuesta. Analicemos.

En un mundo tan globalizado como el nuestro, la geopolítica puede reducirse a una serie de intereses relacionados entre sí y que actuan a nivel global. Con un mínimo de perspicacia seremos capaces de saber extrapolar lo regional a lo mundial dentro de cada conflicto, siendo capaces de relacionar conflictos muy lejanos dentro de unos patrones comunes más o menos evidentes. Así podemos decir que el eje capitalismo-sionismo-wahabismo está detrás de todos los conflictos bélicos y socioeconómicos  de nuestra región. Pero para que esto se entienda mejor empezaremos desde el principio, explicando qué es el Mediterráneo y qué significan y suponen estos tres conceptos externos “enemigos”.

No hacen falta unos excesivos conocimientos para darse cuenta de que todo lo bueno que tiene la mal llamada “civilización occidental” ha surgido en el mediterráneo y Próximo Oriente: la civilización propiamente dicha, la escritura, la agricultura y la ganadería, la filosofía, las tres grandes religiones monoteístas (además de otras cuantas religiones), el derecho, la democracia, el parlamentarismo…Desde el Finisterre hasta Persia, desde Persia hasta Abisinia, la grandeza del desarrollo espiritual y material del ser humano ha sido una constante milenaria, erigiendo al Mediterráneo (tomado en un concepto amplio) como faro que iluminaba al mundo. Los pueblos periféricos tomaban religión, modelo social, arquitectura, métodos agrícolas o idioma de nuestras civilizaciones, hasta que esto cambió y comenzó la debacle. Pero…¿qué pasó entonces?

El capitalismo como modelo comercial surgió en los Países Bajos en el Antiguo Régimen y como modelo productivo con la Revolución Industrial británica; después se afianzó como modelo económico en un sentido más global. Pero el capitalismo no es sólo un modelo económico, sino un modelo organizativo de la sociedad y un modelo ético de valores, fraguados en el seno de unas sociedades muy concretas. La implantación global del capitalismo económico trajo consigo la implantación global de su modelo de valores. En este sentido La ética protestante y el espíritu del capitalismo de Max Weber es una interesante lectura que ayuda a entender el génesis de lo que hablamos. El mundo mediterráneo quedó, a partir de entonces, relegado a un segundo plano. Los manera de ver y afrontar el mundo de los creadores de la cultura, la espiritualidad y la filosofía ya no era válida ni para ellos mismos. El capitalismo es un sistema bárbaro creado por los bárbaros (permítaseme el chascarrillo lingüístico) y que se ha implantado fuera de su zona de origen como lo hacen las especies invasoras en los ecosistemas ajenos, arrasando con la diversidad autóctona y destruyendo el ecosistema invadido. Al igual que muchos individuos de algunas tribus de indios americanos se vieron abocados al alcoholismo por la implantación forzosa de un modus vivendi totalmente ajeno a sus esquemas, el mundo mediterráneo nunca ha sabido adaptarse realmente a un sistema que le es ajeno. Nos quieren hacer creer que somos ineficientes, que llevamos la corrupción en los genes, que no tenemos espíritu de superación…los descendientes de aquellos “bárbaros” que se civilizaron “a la mediterránea”. Pero todo esto…¿en qué se traduce a día de hoy? Para explicarlo tomaremos el ejemplo del Mediterráneo europeo. La construcción europea, ese gran monstruo alimentado en nuestros países por el complejo de inferioridad de unas gobiernos sistemáticamente inferiores en todos los aspectos a sus poblaciones, ha dado lugar a una entidad supranacional que sólo sirve para garantizar los intereses del capitalismo internacionalista, acabando con cualquier atisbo de soberanía popular en nuestras sociedades. Los países sureños, atrasados por el desarrollo deficiente de un sistema alóctono importado, sufren las consecuencias del chantaje neocolonialista de los países germinales de este modelo. Por ello es necesario romper con una entidad supranacional que por un lado no representa nuestros modelos de convivencia y desarrollo y por otro nos ahoga e instrumentaliza para su propio beneficio. En su lugar, una organización supranacional y popular mediterránea serviría para recuperar nuestra identidad y valores y para resituarnos como foco espiritual y humano en el mundo. Una organización supranacional mediterránea de intercambio, cooperación y enriquecimiento, no dedicada a usurpar soberanía popular de los países miembros en pos de intereses privados y oscuros. Una organización municipalista y panmediterránea. Esto en lo relativo al capitalismo, vayamos con el sionismo y el wahabismo.

El sionismo es claramente un fenómeno alóctono dentro del Mediterráneo, que emparenta al autodenominado Estado de Israel más con los países anglosajones que con sus vecinos. Los askenazíes filofascistas que dieron forma a la idea de Estado de Israel tenían muy claro que no querían un país levantino o medio oriental. La usurpación de la religiosidad claramente oriental del verdadero judaísmo, antisionista, sólo sirvió como pretexto para la creación de un Estado ultranacionalista y mesiánico (no en el sentido estrictamente religioso de la palabra). La utilización recurrente de la memoria de millones de asimilacionistas exterminados en el Holocausto es un fenómeno parecido de apropiación espúrea por parte del sionismo. Como sucede con el wahabismo, que veremos más adelante, el sionismo se apropia de algo que en realidad le es ajeno, el judaísmo, en un juego de doble vertiente que convierte en víctima al verdugo. A día de hoy, la única solución viable para el conflicto llamado árabe-israelí pasa por un estado único para judíos y palestinos (cristianos y musulmanes), netamente levantino y mediterráneo y netamente descentralizado, municipalista.
El wahabismo, una interpretación espúrea del Islam fomentada en la época colonial por las fuerzas ocupantes, es la tercera fuerza de desestabilización en la zona. Contraria al verdadero Islam, usurpa su nombre con la connivencia de los estados capitalistas occidentales, sus organizaciones supranacionales y el estado sionista. Su capacidad como contrapoder frente a unos países levantinos y norteafricanos fuertes, que serían capaces de plantarse frente a los abusos del capitalismo alóctono internacionalista y el sionismo, lo hace el compañero ideal para completar el “eje del mal mediterráneo”. Cerrando el círculo, alimenta la figura del “enemigo externo” mediante sus células terroristas en países capitalistas occidentales, y ofrece, por razones similares, argumentos de saldo para la ocupación y las escaladas bélicas sionistas. La solución para Oriente Próximo ya la ha enunciado el líder kurdo Abdullah Ocallan, sería la asimilación progresiva del Confederalismo Democrático kurdo por parte de todas las sociedades de Oriente Próximo. Más allá del estatalismo, que debería desaparecer, las entidades territoriales máximas deberían ser países lo más grandes y cohesionados posibles, a su vez integrados en una organización panmediterránea supranacional como la que hemos descrito antes. Países, por supuesto, totalmente descentralizados y organizados mediante el modelo del Confederalismo Democrático.

 

 

Municipalismo y territorialidad

Dentro de nuestra manera de entender la sociedad el municipio es la unidad básica y primordial en torno a la cual se articula toda organización territorial, pero es obvio que los municipios no pueden ser unidades absolutamente independientes y aisladas entre sí. Siempre teniendo en cuenta que toda unidad territorial mayor tiene que estar sometida al interés municipal, tomándose como asociación cooperativa de municipios, vamos a ver mediante qué entidades optimizar los objetivos intermunicipales.

En CMP tenemos claro que las diputaciones provinciales son una lacra antimunicipalista, utilizadas por los grandes partidos nacionales para asegurar sus intereses particulares en los territorios y destinadas a mantener subyugadas a las comarcas naturales de municipios, teniendo también tremendamente limitadas las funciones de las mancomunidades. Las diputaciones no cumplen con ninguna tarea indispensable que no puedan cubrir otras entidades territoriales, y suponen un alto coste para los ciudadanos de la provincia correspondiente. Así pues, defendemos su supresión y la implantación de la comarca natural y la mancomunidad como unidades territoriales supramunicipales. Los representantes electos que las compongan deben ser elegidos mediante listas abiertas, al estilo de las pequeñas localidades y el Senado, y todo pueblo debe tener su representación.

Otra pregunta es cómo afrontar la representatividad en la unidad territorial mayor, qué tipo de cámara de representantes sería las más acorde con los postulados municipalistas. Curiosamente, en el sistema actual tenemos una cámara que en su ADN lleva múltiples semejanzas con la del ideal municipalista, el ahora denostado Senado. Convertida por los grandes partidos nacionales en un cementerio de elefantes donde las viejas glorias van a seguir viviendo a cuerpo de rey a costa del dinero de los ciudadanos, está absolutamente limitado en sus funciones. Urge una transformación a fondo de esta cámara para convertirla en lo que siempre debió ser, un lugar para la representación territorial directa mediante candidatos elegidos directamente por los ciudadanos (las listas abiertas y la supuesta representatividad provincial actual quedan en agua de borrajas ante la realidad de la cámara, a pesar de ser conceptos acertados), una cámara donde la colaboración en proyectos interterterritoriales se haga efectiva, un lugar donde el ciudadano tenga línea directa con la entidad territorial mayor mediante sus representates y un templo para la defensa del municipalismo y el comarcalismo. Es necesario, por otra parte, convertir el sueldo y las dietas actuales en una paga de complemento para facilitar la actividad de los representantes, lo que supondría percibir una cantidad mucho menor por parte de éstos.

Hoy en día asistimos estupefactos a la autodenominación como municipalistas de formaciones con matrices nacionales que defienden las supresión del Senado, postulando al estatalista Congreso, paraíso de las listas cerradas y del poder de los mastodónticos partidos nacionales. En un intento demagógico de regalar los oídos del votante con supresión de gasto, se olvidan de que sus filiales o “hermanos menores” han ido a la campaña de las municipales con la palabra “municipalismo” en la boca constantemente. Nosotros tampoco queremos esta lacra de Senado, inútil y gravoso para el ciudadano, pero abogamos por una reforma a fondo que lo convierta en lo que siempre debió ser. Sabemos que en el seno de algunas formaciones minoritarias con representación en esta cámara se han alzado voces abogando por la reforma a fondo frente a la supresión, voces que contarán con nuestro apoyo y colaboración para el objetivo común. Sabemos que, mientras nuestra opción es una opción de máximos de cara a un modelo netamente municipalista, las suyas son opciones más “moderadamente” reformistas, pero sabemos que la colaboración es necesaria para echar a caminar.

La alternativa municipalista

Lejos de quedarse en un modelo de gestión territorial, el municipalismo puede erigirse como un modelo de organización social que sirva para desarrollar las comunidades humanas en todos los ámbitos. No debemos olvidar que toda sociedad está formada por unos individuos que deben ver colmadas sus necesidades y resueltos sus problemas dentro de ella. Por ello, definimos las sociedades humanas como sistemas de organización formadas por y para cada uno de sus individuos, rechazando la autonomía o la diferenciación del todo frente a la parte.

¿Por qué el municipalismo es el sistema organizativo que mejor responde al desarrollo de las sociedades humanas? Porque es un modelo en el que la toma de decisiones, gestión de recursos, etc. no escapan al control de los individuos que componen dichas sociedades. Pero expliquemos esto más detalladamente:

En el modelo actual la gestión pública de la gran mayoría de los recursos públicos, así como la inmensa mayoría de la recaudación de impuestos, corresponden a entidades territoriales grandes, ya sean estatales o regionales. Los recursos privados están en manos de entidades transterritoriales, en muchas ocasiones multinacionales. Veamos lo que esto supone para los ciudadanos.

¿Qué suponen el estatalismo y/o el regionalismo de nuestras sociedades modernas?

-Gestión ineficaz para el ciudadano, por la distancia enorme entre el punto de gestión y decisión y el propio ciudadano

-Encarecimiento de los procesos de gestión, ya que los estados y las regiones son enormes maquinarias que necesitan de complejos sistemas de funcionamiento, caros y muchas veces ineficaces.

-Facilidad de proliferación dentro de su enorme maquinaria de tramas corruptas que se camuflan aprovechándose de la invisibilidad que les proporciona lo enormes, “abstractos” y difíciles de controlar y fiscalizar que son los organismos de estos entes territoriales por parte de los ciudadanos.

-Autoritarismo, monopolio de la violencia (violencia de estado), utilización masiva de medios de manipulación y control de masas

-Anulación del sentimiento de individualidad, masificación, conversión del ciudadano en un numerario del estado

-Creación de sistemas educativos globalizadores y enfocados a la correcta inmersión dentro del engranaje de la gran maquinaria estatal. Imposición de una moral heterónoma tendente a la conservación del modelo social, evitando el desarrollo de valores personales propios y el espíritu crítico.

-Ahogamiento y menosprecio de las comunidades humanas naturales, aquellas donde el individuo se desarrolla en su día a día y que forjan sus valores y relaciones desde la infancia (municipio, barrio, pedanía…)

-Fomento de la identificación del individuo con nacionalismos simbolistas (ya sean estatales o regionales), muy alejados del amor y dedicación a la tierra propia y poco defensores de la conservación de las tradiciones y el patrimonio cultural, monumentístico, folklórico y natural de cada comunidad humana. Ejemplos de esto son el llamado “patriotismo institucional” o la reivindicación del nacionalismo simbolista por colectivos que destruyen el medio natural autóctono con fines mercantilistas, ahogan al pequeño comercio tradicional frente a las filiales de las franquicias multinacionales, restan soberanía a sus unidades territoriales frente a organismos controladores internacionales (Unión Europea, por ejemplo), defienden lenguas vehiculares extranjeras frente a la riqueza y diversidad de las pequeñas lenguas propias, deterioran el patrimonio monumental para fomentar construcciones más rentables, etc.

-Fomento de la identificación del individuo con grupos transversales y multinacionales, que les dictan unas pautas de vida concretas y que aniquilan su individualidad (fenómeno de las tribus urbanas, por ejemplo)

-Creación de unas líneas de opinión masivas, tanto oficialistas como contestatarias, contrarias al desarrollo de la opinión propia y el espíritu crítico.

Todas estas características se han vuelto especialmente graves en las sociedades occidentales modernas, en las que las grandes corporaciones privadas han formado una simbiosis con las entidades estatales y regionales, hasta tal punto que son las primeras las que condicionan el funcionamiento de las segundas.

¿Qué supone para los ciudadanos que la mayor parte de los recursos estén en manos de grandes corporaciones privadas, muchas veces multinacionales?

-Pérdida drástica de soberanía económica de las comunidades humanas y de sus individuos, al dejar de disponer de unos recursos que les deberían ser propios.

-Pérdida de soberanía en todos los ámbitos de los ciudadanos, al pasar a depender su sustento y el de sus familias de las estrategias y condiciones de la gran empresa privada, propietaria y gestora de los medios de producción y las materias primas.

-Competencia desleal y desproporcionada para el pequeño empresario, auténtico vertebrador económico de las sociedades.

-En el caso de las entidades financieras, control del crédito del que disponen para sus proyectos ciudadanos y pequeños empresarios, fijando condiciones que les permitan controlar el desarrollo de los proyectos vitales de sus clientes. Pérdida de libertad y soberanía a la hora de encarar proyectos.

-Falta de empoderamiento de los ciudadanos y de las comunidades en las que se hayan insertos.

-Creación de modelos de negocio limitados y globalizados, aniquilación de modelos de negocio autóctonos.

– Creación de modelos de consumo globalizadores, que fomentan la uniformidad y la mezquindad cultural y que destruyen el tejido social y comercial tradicional de las comunidades.

Frente al panorama que se muestra en un modelo social dominado por estos dos enormes monstruos, nuestro municipalismo ofrece:

-Gestión eficaz para el ciudadano, por ser el municipio, barrio, pedanía, etc. el punto de gestión de sus asuntos.

-Participación del ciudadano en la toma de decisiones de todos los asuntos que le atañen y afectan.

-Erradicación de entidades gestoras ajenas al ciudadano y su comunidad, al convertirse la gestión en autogestión, impidiendo con ello la proliferación de tramas corruptas y los abusos de las administraciones.

-Simplificación y abaratamiento de los procesos de gestión.

-Erradicación de los abusos de autoridad por parte del aparato de los estados o regiones.

-Mayor justicia y eficacia a la hora de recaudar impuestos, reducción de los mismos por la simplificación de los procesos, correspondencia más justa entre el objetivo de la recaudación  y su aplicación final, erradicación casi total del fraude fiscal por la simplicidad y transparencia de los procesos.

-Revalorización personal del ciudadano, al sentirse parte activa de la comunidad y entrar a formar parte de la toma de decisiones y de la gestión comunitaria.

-Meritocracia, liderazgo natural en cada ámbito de la sociedad.

-Democracia radical, directa y necesaria para casi todas las decisiones, facilitándose la posibilidad de debate en el seno de las comunidades y no limitándose simplemente a emitir un voto. Posibilidad de consensos más amplios gracias al debate y el intercambio de ideas, acabando así en la medida de lo posible con la “dictadura de la mayoría”.

-Cambio en los modelos educativos, sistemas educativos que fomenten el desarrollo de valores y capacidades autónomas en los niños, así como su creatividad, imaginación y espiritualidad.

-Erradicación del desarraigo propio de nuestras sociedades, erradicación del nacionalismo de símbolos y desarrollo de un patriotismo “chico” y “grande” basado en el amor y respeto por la tierra de cada uno y en el orgullo bien entendido.

-Fomento de la identificación del individuo con su propia comunidad y desarrollo pleno de la individualidad de cada ciudadano.

-Atomización de los centros de información y foros de opinión, que servirá para enriquecer la diversidad de criterios en la información que llega al ciudadano.

-Recuperación de la soberanía económica de las comunidades humanas y de sus individuos, al empezar a disponer de unos recursos que siempre les debieron ser propios.

-Recuperación de soberanía en todos los ámbitos de los ciudadanos, al dejar de depender su sustento y el de sus familias de las estrategias y condiciones de la gran empresa privada, que dejaría de ser propietaria y gestora casi exclusiva de los medios de producción y las materias primas.

-Fomento total y absoluto de la pequeña y mediana empresa como vertebradora de los modelos económicos.

-Fomento de las sociedades de crédito comunitarias, a fin de hacer fluir un crédito justo que dinamice la actividad económica sin poner la soga en el cuello del solicitante y, que a su vez, repercutan en el crecimiento económico de la comunidad con el hipotético aumento de su caudal económico.

-Fomento de talleres de empleo formativos con una doble intención: desarrollar la autogestión comunitaria lo máximo posible y formar trabajadores de calidad y competentes.

-Convenios laborales negociados directamente entre empresarios y trabajadores a nivel comunitario, con la participación en el proceso de toda la comunidad a fin de garantizar la equidad y la igualdad de fuerzas entre las partes negociantes. Este proceso también salvaguardará los intereses económicos y sociales de la comunidad.

-Fomento del cooperativismo para los proyectos grandes y transterritoriales, facilitándose también el cooperativismo a pequeña escala.

-Empoderamiento de los ciudadanos y de las comunidades en las que se hayan insertos.

-Facilidad de desarrollo de modelos de negocio autóctonos y variados, fin de los modelos de negocio globalizados y empobrecedores.

-Fin de los modelos de consumo globalizadores, que fomentan la uniformidad y la mezquindad cultural y que destruyen el tejido social y comercial tradicional de las comunidades.

-Protección del entorno y respeto por el medio ambiente.

-Protección del patrimonio histórico-artístico, cultural, lingüístico, folklórico, etc.

Todo esto es sólo un esbozo de lo que supone enfrentar el municipalismo con el modelo actual, pero sirve como punto de partida a la hora de plantearse qué modelo queremos para nosotros y los nuestros.

 

HÉCTOR PUERTAS CASTRO, Coordinador General de CMP